lunes, 21 de octubre de 2013

UNA SABROSA CABEZA

ANÉCDOTAS OPERÍSTICAS

Nos toca una traducida del libro "Disastri all'opera" de Hugh Vickers. Perth es la capital de la Australia
Occidental y está situada al oeste del país. Tiene 1,7 millones de habitantes, lo que la convierte en la cuarta ciudad más populosa del territorio. De acuerdo a sucategoría, tiene un teatro, donde en 1978, por iniciativa de un joven productor anticonformista y provocador, tuvieron la ocurrencia de poner en escena la “Salomé” de Strauss. Ya se veía que, por el carácter de las gentes del lugar, no iba a ser la sede ideal para poder
escenificar esta rica orgía alemana de incesto, necrofilia y destino.

Pero el productor estaba decidido a agitar la existencia de los habitantes de la ciudad. De manera que se contrató esa ópera para ser representada en la temporada de otoño-invierno. Poco antes de la puesta en escena, nuestro pequeño genio pidió a los técnicos que realizaran una horrenda cabeza ensangrentada de Juan el Bautista, para utilizarla al final de la gran escena conclusiva, cuando Salomé insiste en besarlo en la boca.

Durante los ensayos, surgió el habitual contraste sobre cuestiones de buen
gusto entre nuestro joven productor y el director del teatro. Después de una interminable discusión,se aceptó que la cabeza fuese llevada a escena cubierta con un paño blanco. Llegó la soprano, una señora  de estatura imponente y terrorífica, procedente de la Alemania del este. Lo primero que hizo fue discutir con los técnicos sobre la cabeza. Como esa decisión por parte del productor era inapelable, se tuve que conformar.

La tarde de la representación, el público quedó petrificado con el argumento de la obra y no se sabía bien cómo iba a reaccionar ante la escena final. Había, evidentemente, una cierta prevención por parte de los responsables, hacia el momento
en que se levantara el paño del vaso de plata y apareciera la horrible cabeza ensangrentada que pidió hacer el productor.

“Aquí soldados, bajad a la cisterna y traedme la cabeza de ese hombre”, cantó la imponente soprano mientras la orquesta le acompañaba con un ímpetu heroico, casi necrófilo. El momento estaba a punto de llegar: solemnemente el verdugo entró en escena trayendo envuelta en un paño blanco la supuesta cabeza en un vaso de plata. “No quisiste que yo besara tu boca. Pues bien ¡ahora voy a besarla!”, siguió declamando la soprano con un brío envidiable. Ni corta ni perezosa, tiró del paño blanco y, ……… sobre el vaso
de plata había: ¡una pila de sándwich de jamón! Las risotadas fueron generalizadas. La mujerona soprano estaba tan afectada que no supo seguir y hubo que cerrar el telón y dar por finalizada la función.

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